La fragmentación de la iniciativa social va produciéndose durante la década de los años ochenta. Poco a poco las actuaciones que hasta ese momento venía desempeñando la iniciativa social fueron dejadas en manos de los poderes públicos. Si se habían incorporado algunos dirigentes sociales a los partidos políticos y si los poderes públicos eran los que velaban por la defensa de los derechos sociales, la necesidad de participación e implicación social para la defensa de intereses colectivos ante las instituciones, ya no era tan necesaria. Esta politización de los intereses colectivos provocó el debilitamiento del tejido asociativo.
A mediados de los años ochenta sólo grupos tradicionalmente activos como los movimientos vecinales lograban resistir entre la sequía del movimiento asociativo. En detrimento de otros movimientos más comprometidos, se incrementó el llamado voluntariado social como un intento de relanzar la iniciativa social mediante acciones basadas en la solidaridad que fortalecieran el debilitado tejido asociativo.
La sociedad civil comenzaba nuevamente a organizarse a partir del protagonismo de grandes organizaciones que jerarquizan la expansión de los movimientos sociales a través de pequeñas redes de intervención. Pero esta forma de participación social que se desarrollaba también en la década de los noventa, estuvo centrada en el voluntariado perteneciente a organizaciones que dejaban fuera otros colectivos asociativos reivindicativos como movimientos vecinales, sindicatos, movimientos solidarios, etcétera.
Fue un relanzamiento del voluntariado menos reivindicativo inmerso en asociaciones tradicionales, no obstante durante la década de los noventa, este voluntariado al que podríamos denominar clásico, progresivamente fomentó mayor implicación y participación social, y favoreció la aparición de nuevas formas asociativas como las relacionadas con la cultura o el ocio.





